No me importa tu estado de conciencia
Me asusta tu miedo, tu pasado
Tal vez tu soledad salpicada en el abismo
La sangre que haya podido pasar antes que yo
Por tus manos
Me da miedo que no pienses
que hayas visto más de lo acordado
y que en tus ojos no recuerdes
mas que rojo, y gritos
P l o m o
¿Qué vas a hacer entonces?
Cuando cuentes historias de terror a tus nietos,
les dirás que eras fuerte
que cargabas tu bebé con un brazo
mientras con el otro te dedicabas a encañonar
a cierto idiota adolescente.
"¿Por qué lo haces?" Te pregunto, mientras me tiemblan las piernas.
"Qué te importa." Espetas, mientras intentas hurgar...
jueves, 22 de enero de 2009
sábado, 10 de enero de 2009
Me gusta jugar con las palabras violeta, violenta y lenta.
Para analizarme críticamente, se necesita partir de una premisa fundamental: las nueces.
Me resulta impracticable la posibilidad de llevar adelante una vida sin: morado, verde y negro.
Evidente es mi firme convicción de que si no hay baile no hay vida.
Capturar la esencia de una imagen, un momento, sonido, o suspiro, justifica por completo la existencia en sí.
No debería confundirse lo bohemio con lo barato, ni el pensar libre con lo decadente.
La mejor ciudad para sentirse frustrado se llama Monterrey. La ciudad indicada para sentir la vida solitaria, es el aquí.
El hombre más afortunado es aquél que supo conocer viajando.
El amor es una pregunta innecesaria. Se contesta a sí misma.
Qué harta estoy.
Me resulta impracticable la posibilidad de llevar adelante una vida sin: morado, verde y negro.
Evidente es mi firme convicción de que si no hay baile no hay vida.
Capturar la esencia de una imagen, un momento, sonido, o suspiro, justifica por completo la existencia en sí.
No debería confundirse lo bohemio con lo barato, ni el pensar libre con lo decadente.
La mejor ciudad para sentirse frustrado se llama Monterrey. La ciudad indicada para sentir la vida solitaria, es el aquí.
El hombre más afortunado es aquél que supo conocer viajando.
El amor es una pregunta innecesaria. Se contesta a sí misma.
Qué harta estoy.
lunes, 1 de diciembre de 2008
jitenshya
No es de sorprender que te retrate mentalmente en bicicleta, ni tampoco que por inercia coloque una boina sobre tu cabeza cada vez que te recuerdo. Lo que quizá sea capricho propio es el caracterizar tu piel con un toque de oliva, colorear tus ojos de aceituna. Ésa sería tu versión, toscana.
Sucede que el día de hoy me siento abismalmente abandonada. Inició desde que decidí traer esos zapatos de tacón negro a mi casa, cuando las sudaderas se cambiaron por gabardinas y las chamarras por abrigos. Quedará acaso un pantalón de mezclilla, en memoria de mis fachas de antaño. Cada día que pasa, mientras más recorro de ida y vuelta los mismos sitios, cruzo los mismos puentes, espero el mismo vagón en la misma estación, me siento más desorientada.
Sucede que el día de hoy me siento abismalmente abandonada. Inició desde que decidí traer esos zapatos de tacón negro a mi casa, cuando las sudaderas se cambiaron por gabardinas y las chamarras por abrigos. Quedará acaso un pantalón de mezclilla, en memoria de mis fachas de antaño. Cada día que pasa, mientras más recorro de ida y vuelta los mismos sitios, cruzo los mismos puentes, espero el mismo vagón en la misma estación, me siento más desorientada.
domingo, 30 de noviembre de 2008
notas del viajero
las memorias las guardo en mi mochila,
cada vez que miro hacia un sitio distinto y digo:
es hora de partir.
no en papel, ni en fotografía;
las guardo en el fondo del bolsillo,
las llevo impregnadas en la ropa.
cada hoyito del pantalón,
cada hilo colgando del suéter
están en los puños de las camisas
en los botones faltantes
y en los remiendos improvisados
están en mis manos resecas y en mi cara asoleada
se notan en las manchas de mi piel
y en estos ojos que lloran
cuando ven campo, o ven ciudad
a sabiendas que no hay regreso:
no sabrían a dónde ir
cada vez que miro hacia un sitio distinto y digo:
es hora de partir.
no en papel, ni en fotografía;
las guardo en el fondo del bolsillo,
las llevo impregnadas en la ropa.
cada hoyito del pantalón,
cada hilo colgando del suéter
están en los puños de las camisas
en los botones faltantes
y en los remiendos improvisados
están en mis manos resecas y en mi cara asoleada
se notan en las manchas de mi piel
y en estos ojos que lloran
cuando ven campo, o ven ciudad
a sabiendas que no hay regreso:
no sabrían a dónde ir
sábado, 1 de noviembre de 2008
los blues de octubre
mis ojos no saben a dónde ir
estoy cansada de guardar mis labios
y saber que los tuyos hablan y ríen
a 45, 30, 10, 89 kilómetros de distancia
Dedo por dedo te esperé mientras hojeaba con desidia las hojas de arreola y sus compendios de la infancia. Caían sobre mi cabeza las cerezas malparidas del capulín, y una que otra hoja amenazaba con quedarse atorada entre mi cabello. En uno de esos descuidos aplasté inconscientemente mis lentes. Como siempre, no les pasó nada. Se enchuecan más, y se me enchueca la vista. Se tuercen mis ojos y la luz rebota sin proporción. Con mis lentes ya no veo. Con mis manos resecas ya no siento igual.
La verdad es que tantos callos sangrantes han vuelto complicado mi cotidiano andar. Las uñas también se vuelven amarillas y mi cara ennegrecida por el sol me recuerda, cada vez que me miro al espejo, a dónde fue que vine a parar por terquedad propia. Ya no quiero saber más de formalidades ingratas y limpieza en favor del prójimo. Algún día rajaré mi cara con un cuchillo de cocina, fabricaré mis propias cicatrices. Así exorcizaré mi fealdad interna. Habrá repudio dentro y fuera.
Y si vuelvo, nadie me reconocerá.
estoy cansada de guardar mis labios
y saber que los tuyos hablan y ríen
a 45, 30, 10, 89 kilómetros de distancia
Dedo por dedo te esperé mientras hojeaba con desidia las hojas de arreola y sus compendios de la infancia. Caían sobre mi cabeza las cerezas malparidas del capulín, y una que otra hoja amenazaba con quedarse atorada entre mi cabello. En uno de esos descuidos aplasté inconscientemente mis lentes. Como siempre, no les pasó nada. Se enchuecan más, y se me enchueca la vista. Se tuercen mis ojos y la luz rebota sin proporción. Con mis lentes ya no veo. Con mis manos resecas ya no siento igual.
La verdad es que tantos callos sangrantes han vuelto complicado mi cotidiano andar. Las uñas también se vuelven amarillas y mi cara ennegrecida por el sol me recuerda, cada vez que me miro al espejo, a dónde fue que vine a parar por terquedad propia. Ya no quiero saber más de formalidades ingratas y limpieza en favor del prójimo. Algún día rajaré mi cara con un cuchillo de cocina, fabricaré mis propias cicatrices. Así exorcizaré mi fealdad interna. Habrá repudio dentro y fuera.
Y si vuelvo, nadie me reconocerá.
martes, 28 de octubre de 2008
danza macabra
los hematomas crecieron durante tu estadía, sobre mi espalda
era como si cada beso tuyo se re-imprimiera, explotara mis vasos sanguíneos
y tu pasión en sangre incrustada se expandiera por mi rostro
con cada golpe en ese ligamento que unía mis pies
en la tierra
con el resto del cuerpo
yo me sentí saltar cada vez más alto,
mis pies se retorcían
las manos acariciaban tu frío
ensayo tras ensayo, caída tras caída
con cada cuenta y cada movimiento (incluso un paso en falso)
conciliaba vapor y humo con el cuerpo tuyo
siempre tan firme
siempre tan frígido
{caer sobre la contundencia del piso}
era como si cada beso tuyo se re-imprimiera, explotara mis vasos sanguíneos
y tu pasión en sangre incrustada se expandiera por mi rostro
con cada golpe en ese ligamento que unía mis pies
en la tierra
con el resto del cuerpo
yo me sentí saltar cada vez más alto,
mis pies se retorcían
las manos acariciaban tu frío
ensayo tras ensayo, caída tras caída
con cada cuenta y cada movimiento (incluso un paso en falso)
conciliaba vapor y humo con el cuerpo tuyo
siempre tan firme
siempre tan frígido
{caer sobre la contundencia del piso}
Mora sabor a canela
Examinaba sus muñecas, cómo se habían curtido con el polvo, el viento, el sol. La vejez hacía sentir su manifiesto cada vez con mayor contundencia, y aún así ella sentía todavía no haber vivido lo suficiente. No bastaban aquellos años dorados, cuando su cinturita era minúscula, cuando podía exhibir sus piernas no varicosas, cuando sus brazos todavía no hospedaban a la celulitis. Tuvo ganas de morir.
Edelmira miraba la ventana, husmeaba a través de los vidrios envidiando la agilidad y ligereza de las niñas que jugaban en el patio de la vecindad. También añoraba la firmeza de los brazos de aquélla madre soltera que tallaba la ropa de su recién nacido en el lavadero. A su alrededor, mientras yacía sentada mirando a la calle, doblando calcetas, se aparecieron las Edelmiras de antaño. Estaba Edelmira la mujer joven, Edelmira la adolescente inquieta, Edelmira la mujer madura... pero quien causaba más intriga era aquella niñita de vestido blanco y zapatitos rojos, con dos trenzas atadas a base de listones, que aplastaba la nariz contra la cama mientras imaginaba no sé cuánta cosa. Esa pequeña Edelmira que podía serlo todo (y lo fue, en su momento) pero que ahora crecida, ni el recuerdo de las moras con té de canela que cenaba en su infancia guardaba.
Edelmira miraba la ventana, husmeaba a través de los vidrios envidiando la agilidad y ligereza de las niñas que jugaban en el patio de la vecindad. También añoraba la firmeza de los brazos de aquélla madre soltera que tallaba la ropa de su recién nacido en el lavadero. A su alrededor, mientras yacía sentada mirando a la calle, doblando calcetas, se aparecieron las Edelmiras de antaño. Estaba Edelmira la mujer joven, Edelmira la adolescente inquieta, Edelmira la mujer madura... pero quien causaba más intriga era aquella niñita de vestido blanco y zapatitos rojos, con dos trenzas atadas a base de listones, que aplastaba la nariz contra la cama mientras imaginaba no sé cuánta cosa. Esa pequeña Edelmira que podía serlo todo (y lo fue, en su momento) pero que ahora crecida, ni el recuerdo de las moras con té de canela que cenaba en su infancia guardaba.
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