Cuando hablas así, me recuerdas a las ratas.
Seguro piensas en moras, rostros níveos y cabellos lisos, lisos y tan negros que su misma oscuridad irradia un fulgor raro e inexplicable. Pensarás también en narices respingadas, ojos bonitos y sonrisa con labios hermosos (delgados, bien delineados).
Yo no soy ninguna mora (en todo caso sería fresa), mi cara está quemada de tanto asolearme, mis cabellos son grifos y resecos; mi nariz es chata y gruesa, tengo ojos caídos y mis labios con como una plasta de maquillaje rojo mal distribuido.
Así que detente.
No describas la luna, absténte de hablar sobre magia si pretendes hablar de mí.
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viernes, 30 de octubre de 2009
martes, 20 de octubre de 2009
Aquél que se roba mis bufandas
Es cierto, se viene anunciando el frío.
(Él llega siempre con el frío...)
Escuchando historias de pueblo, de abuelitos, memorias.
Cada uno tiene su particular PUEBLO. La mayoría de las veces indica origen, identidad. Difícilmente puede desapegarse de la palabra sin dolerse al arrastrar cierta cantidad de recuerdos.
Hay nostalgia. También puedo percibir una masa informe de rencores familiares.
No me da asco. En realidad, me temo, no me importa.
Recapitulando: frío, bufandas, recuerdos.
Ah, sí: él.
No vengo a recordar cómo fue que se instaló en mi vida. A decir verdad, ni me acuerdo. Sus expectativas sobrepasaron mis aptitudes. (Él perdió la esperanza, pero yo lo lamento más.)
Pero él no es el idiota que se roba mis bufandas. Tampoco es el artista bohemio que yo alguna vez dibujé en mis sueños. No es el que vino después de éste, ni el que estuvo antes.
Él llega con el frío, se pasea un rato por el parque, come como el cubano, y luego se va.
Yo ya no escribo.
No escribo para nada/nadie.
lo perdí
(Él llega siempre con el frío...)
Escuchando historias de pueblo, de abuelitos, memorias.
Cada uno tiene su particular PUEBLO. La mayoría de las veces indica origen, identidad. Difícilmente puede desapegarse de la palabra sin dolerse al arrastrar cierta cantidad de recuerdos.
Hay nostalgia. También puedo percibir una masa informe de rencores familiares.
No me da asco. En realidad, me temo, no me importa.
Recapitulando: frío, bufandas, recuerdos.
Ah, sí: él.
No vengo a recordar cómo fue que se instaló en mi vida. A decir verdad, ni me acuerdo. Sus expectativas sobrepasaron mis aptitudes. (Él perdió la esperanza, pero yo lo lamento más.)
Pero él no es el idiota que se roba mis bufandas. Tampoco es el artista bohemio que yo alguna vez dibujé en mis sueños. No es el que vino después de éste, ni el que estuvo antes.
Él llega con el frío, se pasea un rato por el parque, come como el cubano, y luego se va.
Yo ya no escribo.
No escribo para nada/nadie.
lo perdí
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días ligeros,
en mi soledad
lunes, 25 de agosto de 2008
Ahora
Ahora que te pienso, ya no veo nada, sólo te dibujo.
Te imagino como el fénix que cada mañana se quema ante el espejo para levantarse de sus cenizas... Sin miedo, sin espirales, sin brillo. Sólo el fuego de vida que emite su mirada, y esa voz lastimera y lánguida con la que anuncia el principio de sus nuevos días.
El fénix llora antes de que su ciclo recomience: llora de agonía para anunciar su muerte, y prepara la aveniente belleza de su nueva vida.
Y yo que te vi llorar a través de tus letras, de tus miradas, de tus manos rotas y tu cabello crecido.
Con barba, sin barba.
Con lentes, sin ellos.
Con ropa, desvestido.
Yo que te vi caminar descalzo, andando entre vidrios rotos, cual vagabundo sin esperanza. Cayendo en el vacío de no encontrarte, y aun así no saberte completamente perdido.
Yo que sentía no poder llorar contigo, y que ansié sacarte mil y un veces de aquel pozo encharcado en el cual te hundiste hasta los ojos. Ahora que te pienso, no llega a mí ni un asomo del hombre que fuiste.
Para mí ya no eres hombre.
Ahora, para mí sos como el fénix, que fuerte y bello se eleva para combatir con fuego cada madrugada.
No recuerdo nada más.
Te imagino como el fénix que cada mañana se quema ante el espejo para levantarse de sus cenizas... Sin miedo, sin espirales, sin brillo. Sólo el fuego de vida que emite su mirada, y esa voz lastimera y lánguida con la que anuncia el principio de sus nuevos días.
El fénix llora antes de que su ciclo recomience: llora de agonía para anunciar su muerte, y prepara la aveniente belleza de su nueva vida.
Y yo que te vi llorar a través de tus letras, de tus miradas, de tus manos rotas y tu cabello crecido.
Con barba, sin barba.
Con lentes, sin ellos.
Con ropa, desvestido.
Yo que te vi caminar descalzo, andando entre vidrios rotos, cual vagabundo sin esperanza. Cayendo en el vacío de no encontrarte, y aun así no saberte completamente perdido.
Yo que sentía no poder llorar contigo, y que ansié sacarte mil y un veces de aquel pozo encharcado en el cual te hundiste hasta los ojos. Ahora que te pienso, no llega a mí ni un asomo del hombre que fuiste.
Para mí ya no eres hombre.
Ahora, para mí sos como el fénix, que fuerte y bello se eleva para combatir con fuego cada madrugada.
No recuerdo nada más.
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