Paseando por las noches con su gabardina y su sombrero, Fabián parecía un abstracto de los relatos de misterio como los que acostumbraba leer Violeta. Precisamente hoy había estado hablando con ella. Los dos sentados en una banca asemejándose a un par de pálidos fantasmas, blancos, de ojos casi transparentes. Con ella había una especie de complicidad. Tal vez fuera su condición compartida de espectros deambulantes entre el repertorio y la contorsión de colores a lo largo de toda la ciudad. Era como una especie de pacto, el de protegerse mutuamente, manifestando su inminente blancura a todos los demás. Por eso Fabián siempre usaba negro, y sabe que, aunque lo niegue, a Violeta siempre le ha fascinado ese color porque es todo lo que ella quisiera ser y nunca ha podido extrapolar.
Fabián nació un 28 de febrero. Fue un parto forzado porque la histérica de su mamá tenía miedo de que su hijo naciera uno de ésos veintinueves (era año bisiesto). Como vio que la fecha se aproximaba y el hijo no salía, hizo todo lo posible por parirlo el 28. Dicho y hecho, a las 11:49 de la noche en el penúltimo día de un febrero bisiesto, la señora Esperón dio a luz un lindo niño que resultó de tez blanca y transparentes ojos azules como el cielo. En el momento en que lo vio, recordó las historias de fantasmas de su padre, y de la nada decidió que el niño habría de llamarse Fabián.
La finca donde Fabián y sus hermanos crecieron estaba situada en una pequeña colina que se levantaba sobre las verdes praderas del sur. Pasaban el tiempo montando a caballo, jugando y corriendo. Paseaban en bicicleta, pescaban en la laguna, miraban insectos. Siempre tranquilo, Fabián sobresalía entre todos por su docilidad y su dulzura. Era extraño, pero no dejaba de ser cautivante.
Da la casualidad que los hermanos Cobián vivían en el mismo pueblo que Fabián. Lucía se hizo su amiga desde la ocasión que éste cayó de la bicicleta y fue a dar a una zanja. Lucía iba pasando por ahí, llevaba una bolsa de frutas de regreso a su casa. Le llamó la atención porque el niño lloraba, y parecía un ángel caído, derrotado, lleno de lodo. Lucía se acercó a él y le ayudó a salir de la zanja. Salvo leves raspones, una que otra cortada y muchos moretones, Fabián estaba bien. El niño le estaba agradecido por rescatarle y, a partir de ese momento, Lucía y Fabián dieron por sentada su amistad.
A Esteban nunca la agradó Fabián, mucho menos veía con buenos ojos la amistad entre él y Lucía. Como hermano mayor, sentía el deber de desconfiar de un niño con ojos raros que no le inspiraba la menor simpatía. Cuál sería su disgusto al enterarse años más tarde que Fabián se mudaría a la misma ciudad que su hermana, cuando era tiempo de irse a estudiar. Esteban nunca aceptó a Fabián, ya fuese por sus gabardinas, por sus ojos, o por simple terquedad. En el funeral de Lucía, Fabián fue terminantemente prohibido en la lista de visitas para los Cobián. Por orden de Esteban, nadie podía decirle dónde velarían a su hermana, mucho menos dónde la iban a sepultar.
Tratando de borrar a Fabián, Esteban se creó un séquito de recuerdos fantasmas que, junto con el recuerdo de Lucía, le acecharon hasta debilitar su conciencia.
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domingo, 12 de octubre de 2008
Muñecas
A Lucía nunca le gustó jugar con muñecas, se le antojaban feas y tiesas. Los ojos vacíos, la sonrisa estática, especialmente las de porcelana le daban miedo. Por eso, a lo largo de su infancia sólo permitió a las muñecas de trapo dentro de su repertorio lúdico. Le divertía sentirlas frágiles cuando las movía, las abrazaba porque no eran duras como aquéllas de plástico.
De hecho, existió una sola muñeca a la que Lucía permitió le acompañase por mucho tiempo. Era una muñeca morenita que tenía un vestido rojo con bolitas blancas y un pañuelo atado a la cabeza, cabello chino, ojos azules. Toda de trapo. Y estaba descalza, y ésa fue la razón por la que Lucía la aceptó con inmediatez inexplicable. La quería mucho, pero cuando se quemó, Lucía se asustó tanto al mirarle su rostro mitad calcinado, que nunca más quiso ver un juguete de ésos.
Las muñecas que le siguieron regalando por el resto de su infancia fueron relegadas a la esquina más abandonada de su cuarto. Permanecieron siempre apiladas, como un ejército de demonios fríos y bellos, mirándola desde el mismo sitio. Porque sí, no le gustaban, pero vaya que eran bonitas. Eran como Violeta, que se le hacía indescriptiblemente bonita, atrayente, y al mismo tiempo su rostro era el más frío y ausente de vida que hubo visto jamás.
Con el paso del tiempo, Violeta comenzó a parecérsele una muñeca crecida a tamaño humano. Lucía se asustó, recordando a sus vigilantes de la infancia. De ahí a su delirio de persecución, y a Violeta la comenzó a evitar. Y así, también terminó por evitar a Fabián, que se le hacía una especie de fantasma, con sus ojos azul hielo, dientes blancos; su cara de ángel, pero con sonrisa torcida.
Fabián, que siempre usaba gabardinas.
De hecho, existió una sola muñeca a la que Lucía permitió le acompañase por mucho tiempo. Era una muñeca morenita que tenía un vestido rojo con bolitas blancas y un pañuelo atado a la cabeza, cabello chino, ojos azules. Toda de trapo. Y estaba descalza, y ésa fue la razón por la que Lucía la aceptó con inmediatez inexplicable. La quería mucho, pero cuando se quemó, Lucía se asustó tanto al mirarle su rostro mitad calcinado, que nunca más quiso ver un juguete de ésos.
Las muñecas que le siguieron regalando por el resto de su infancia fueron relegadas a la esquina más abandonada de su cuarto. Permanecieron siempre apiladas, como un ejército de demonios fríos y bellos, mirándola desde el mismo sitio. Porque sí, no le gustaban, pero vaya que eran bonitas. Eran como Violeta, que se le hacía indescriptiblemente bonita, atrayente, y al mismo tiempo su rostro era el más frío y ausente de vida que hubo visto jamás.
Con el paso del tiempo, Violeta comenzó a parecérsele una muñeca crecida a tamaño humano. Lucía se asustó, recordando a sus vigilantes de la infancia. De ahí a su delirio de persecución, y a Violeta la comenzó a evitar. Y así, también terminó por evitar a Fabián, que se le hacía una especie de fantasma, con sus ojos azul hielo, dientes blancos; su cara de ángel, pero con sonrisa torcida.
Fabián, que siempre usaba gabardinas.
La siesta
Pudo haber sido el viento helado que le quemaba la cara, o tal vez la sola sensación de recordar la ocasión que se encontró el cadáver de aquélla muchacha con los brazos colgando afuera de la ventana de una casa. Al principio, creyó que ella jugaba, o descansaba. Pensó que tal vez había llegado exhausta de algún lado y se había sentado, quedándose dormida. Era muy factible, porque toda ella reposaba recargada contra la pared. Quieta, impasible ante el caos de la calle y todo el ajetreo de afuera, la muchacha permanecía inerte. Él observaba con particular admiración su cuerpo recostando contra el marco del ventanal, su cara con la vista hacia afuera, mientras uno de sus brazos se balanceaba. No se le olvidaba.
Incluso en su momento, le pareció indescriptiblemente atractiva la situación: él caminando tranquilo, el sol que se ocultaba, las luces de los faroles que comenzaban a prenderse golpeando tenuemente la calle y a todos lo peatones. El ruido de los carros, el desesperado movimiento del tráfico.
Y sin embargo ahí estaba ella, recargada y quieta. Dormía escapando descaradamente de todo lo que sucedía en el exterior, como si fuese un manifiesto contra la ciudad misma.
Decidió acercarse, ponerse a la vista de ella. Quizá causar un contacto cara a cara, conseguir una sonrisa, comenzar a platicar... Todo eso pasaba por su mente, y para cuando tuvo una mejor vista hacia la muchacha, se dio cuenta que todo había sido demasiado inferido por él mismo como para ser verdad. La muchacha colgaba los brazos inertes, tenía los ojos cerrados. Sangre chorreaba por una de sus sienes, extendiéndose hasta su costado. Estaba muerta. (¿Qué?)
Julio se quedó estupefacto por un rato, y después reaccionó. Pues por supuesto que algo andaba mal con ella, porque sangraba, y hacía tanto que no se movía de ahí... él ya llevaba mucho tiempo contemplándola. Y lo peor de todo, había disfrutado la escena. Corrió al edificio para conseguir alguien que le ayudara. Los vecinos, una ambulancia...
La ventana era del tercer piso. Julio subió las escaleras de dos en dos, rápidamente. Fácil dio con la puerta correspondiente a la pieza que daba a la calle. Estaba abierta. Dentro, una pieza acogedora, nada pequeña. Había ropa doblada sobre la cama, del lado izquierdo una cortita escalera que daba a un escritorio. También estaba un intento de biblioteca, hundida en comparación con el resto del departamento. Recorrió todo antes de acercarse hacia la muerta, tal vez habría algún indicio. De la escalera había un caminito de sangre que serpenteaba hasta el baño manchado de ése rojo en varias partes. Entonces se cayó de la escalera, pero no pidió auxilio...
Se acercó a la muchacha. Con sus ojos cerrados, parecía más dormida que muerta. Su expresión permanecía calmada, sus gestos tranquilos, y el cabello le caía ondulado y apacible sobre los hombros. Pensó en moverla de la ventana, pero desistió. Luego tratarían de implicarlo, aunque él no tuviera la culpa. Y eso no importaba ahora, porque ya estaba ahí, no le quedaba otra salvo ayudar, hacer algo.
Y resultó que Julio Neira había encontrado muerta a Lucía Cobián.
Incluso en su momento, le pareció indescriptiblemente atractiva la situación: él caminando tranquilo, el sol que se ocultaba, las luces de los faroles que comenzaban a prenderse golpeando tenuemente la calle y a todos lo peatones. El ruido de los carros, el desesperado movimiento del tráfico.
Y sin embargo ahí estaba ella, recargada y quieta. Dormía escapando descaradamente de todo lo que sucedía en el exterior, como si fuese un manifiesto contra la ciudad misma.
Decidió acercarse, ponerse a la vista de ella. Quizá causar un contacto cara a cara, conseguir una sonrisa, comenzar a platicar... Todo eso pasaba por su mente, y para cuando tuvo una mejor vista hacia la muchacha, se dio cuenta que todo había sido demasiado inferido por él mismo como para ser verdad. La muchacha colgaba los brazos inertes, tenía los ojos cerrados. Sangre chorreaba por una de sus sienes, extendiéndose hasta su costado. Estaba muerta. (¿Qué?)
Julio se quedó estupefacto por un rato, y después reaccionó. Pues por supuesto que algo andaba mal con ella, porque sangraba, y hacía tanto que no se movía de ahí... él ya llevaba mucho tiempo contemplándola. Y lo peor de todo, había disfrutado la escena. Corrió al edificio para conseguir alguien que le ayudara. Los vecinos, una ambulancia...
La ventana era del tercer piso. Julio subió las escaleras de dos en dos, rápidamente. Fácil dio con la puerta correspondiente a la pieza que daba a la calle. Estaba abierta. Dentro, una pieza acogedora, nada pequeña. Había ropa doblada sobre la cama, del lado izquierdo una cortita escalera que daba a un escritorio. También estaba un intento de biblioteca, hundida en comparación con el resto del departamento. Recorrió todo antes de acercarse hacia la muerta, tal vez habría algún indicio. De la escalera había un caminito de sangre que serpenteaba hasta el baño manchado de ése rojo en varias partes. Entonces se cayó de la escalera, pero no pidió auxilio...
Se acercó a la muchacha. Con sus ojos cerrados, parecía más dormida que muerta. Su expresión permanecía calmada, sus gestos tranquilos, y el cabello le caía ondulado y apacible sobre los hombros. Pensó en moverla de la ventana, pero desistió. Luego tratarían de implicarlo, aunque él no tuviera la culpa. Y eso no importaba ahora, porque ya estaba ahí, no le quedaba otra salvo ayudar, hacer algo.
Y resultó que Julio Neira había encontrado muerta a Lucía Cobián.
sábado, 11 de octubre de 2008
Blackouts
Bam.
El golpe de la puerta que se cierra. Y luego, blanco. Todo blanco hasta el infinito, en el cuarto donde no se alcanza a distinguir si quiera una esquina, o si realmente se está en la nada.
Bam.
Otra puerta. Otro grito. La blancura le aterra y cierra los ojos, porque es tanta la luminiscencia del lugar que intenta contrarrestarla buscando en las cuencas de sus ojos un poco de oscuridad. Los cierra y todo se acaba. El mundo, las paredes, el blanco... Y pareciese que hubiera encontrado por fin una luz entre tanto blanco. Quería encontrarse, dentro de sus efímeros segundos de oscuridad.
Cuando tiene que decidir el corazón, es mejor que decida la cabeza. A Esteban le daban espasmos crónicos cada vez que se veía en la necesidad de tomar alguna decisión. [¿Café con pan, o galletitas con leche? Vivir en la ciudad, o quedarse en el pueblo... Querer asesinar a alguien, o callar y dejarle ir.] Sentía que al elegir dentro de esa constante encrucijada a la que uno se somete cotidianamente, limitaba su libertad, le condenaba. A final de cuentas, por eso dejó que todo se le trastornara en la cabeza. Y prácticamente, eso fue lo que le hizo venir a parar en este lugar.
Cabeza.
Todo se remite a la cabeza: hambre, sueño, pudor, vergüenza; sueños, miedos, esperanza, ansiedad... todo lo controla el señor Cerebro. Señor Cerebro, Doctor, Amo, Dios del Universo Humano. Doctor, doctor, doctor. Cerebro. Ah, ya se rayó el disco.
Y nada, que es la primera noche en esta blancura ininterrumpida y Esteban quiera ya irse a dormir.
---
Salvo leves variaciones, Esteban siempre sueña con Lucía. Le enternece su sonrisa, la toma de las manos, se la lleva por los prados a pasear. Corren a orillas de la laguna y se sientan en los arcos de la iglesia a comer cerezas que cortan ellos mismos. [Ah, Lucía, ¿dónde estás?]
Y la busca cuando se le desaparece, cuando el mundo anuncia venírsele de cabeza. Va y viene por los campos, corriendo; llamándola a gritos, desesperado. Es que aún no se hace de noche, pero pronto se pondrá el sol. Lucía, Lucía. Lucía.
Entonces escucha una risita ahogada, y es ella que juega al escondite entre los arbolitos. Esteban puede alcanzar a ver sus piececitos escondidos entre tanta rama. Se estira, y la alcanza. Ella grita, se retuerce a causa de las endemoniadas cosquillas y se ríe, cómo se ríe. Ríe tanto que a él también termina por darle risa, y no puede más que cerrar los ojos y llorar del esfuerzo en sus costillas por las carcajadas. Ja, jajaja. Lucía. Ya. Jajaja. Para.
Y Esteban abre los ojos, y de nuevo el cuarto blanco con ventanitas pequeñas. Ya no oye a Lucía, quedan solos él y su risa hueca, y las lágrimas de nostalgia y tristeza en sus ojos. Lo peor de todo, es que con la nueva camisa de fuerza que le pusieron no se las puede secar.
El golpe de la puerta que se cierra. Y luego, blanco. Todo blanco hasta el infinito, en el cuarto donde no se alcanza a distinguir si quiera una esquina, o si realmente se está en la nada.
Bam.
Otra puerta. Otro grito. La blancura le aterra y cierra los ojos, porque es tanta la luminiscencia del lugar que intenta contrarrestarla buscando en las cuencas de sus ojos un poco de oscuridad. Los cierra y todo se acaba. El mundo, las paredes, el blanco... Y pareciese que hubiera encontrado por fin una luz entre tanto blanco. Quería encontrarse, dentro de sus efímeros segundos de oscuridad.
Cuando tiene que decidir el corazón, es mejor que decida la cabeza. A Esteban le daban espasmos crónicos cada vez que se veía en la necesidad de tomar alguna decisión. [¿Café con pan, o galletitas con leche? Vivir en la ciudad, o quedarse en el pueblo... Querer asesinar a alguien, o callar y dejarle ir.] Sentía que al elegir dentro de esa constante encrucijada a la que uno se somete cotidianamente, limitaba su libertad, le condenaba. A final de cuentas, por eso dejó que todo se le trastornara en la cabeza. Y prácticamente, eso fue lo que le hizo venir a parar en este lugar.
Cabeza.
Todo se remite a la cabeza: hambre, sueño, pudor, vergüenza; sueños, miedos, esperanza, ansiedad... todo lo controla el señor Cerebro. Señor Cerebro, Doctor, Amo, Dios del Universo Humano. Doctor, doctor, doctor. Cerebro. Ah, ya se rayó el disco.
Y nada, que es la primera noche en esta blancura ininterrumpida y Esteban quiera ya irse a dormir.
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Salvo leves variaciones, Esteban siempre sueña con Lucía. Le enternece su sonrisa, la toma de las manos, se la lleva por los prados a pasear. Corren a orillas de la laguna y se sientan en los arcos de la iglesia a comer cerezas que cortan ellos mismos. [Ah, Lucía, ¿dónde estás?]
Y la busca cuando se le desaparece, cuando el mundo anuncia venírsele de cabeza. Va y viene por los campos, corriendo; llamándola a gritos, desesperado. Es que aún no se hace de noche, pero pronto se pondrá el sol. Lucía, Lucía. Lucía.
Entonces escucha una risita ahogada, y es ella que juega al escondite entre los arbolitos. Esteban puede alcanzar a ver sus piececitos escondidos entre tanta rama. Se estira, y la alcanza. Ella grita, se retuerce a causa de las endemoniadas cosquillas y se ríe, cómo se ríe. Ríe tanto que a él también termina por darle risa, y no puede más que cerrar los ojos y llorar del esfuerzo en sus costillas por las carcajadas. Ja, jajaja. Lucía. Ya. Jajaja. Para.
Y Esteban abre los ojos, y de nuevo el cuarto blanco con ventanitas pequeñas. Ya no oye a Lucía, quedan solos él y su risa hueca, y las lágrimas de nostalgia y tristeza en sus ojos. Lo peor de todo, es que con la nueva camisa de fuerza que le pusieron no se las puede secar.
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