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domingo, 22 de noviembre de 2009

Domingo en la central

Ahora resulta: que hasta las ratas son rizoma.

Montiel me susurró tranquilamente al oído un día: "el hombre es el único animal que sueña".
Sin embargo, lejanas voces provenientes de alguna montaña del norte niegan dicha aseveración. Para muestra, se habló de ratas. Ratas que sueñan laberintos. Ratas que se la pasan todo el día enclaustradas en laberintos, sometidas al experimento de científicos morbosos que se respaldan en la investigación neurológica para calmar sus impulsos perversos.

No me quedó más que recordar cierto roedor que no soñaba. No tenía registro de sueño alguno, ni siquiera durante su infancia.

En un principio, sentí lástima por él. (Pobrecito, no recuerda ningún sueño. Qué triste.)
Ahora pienso que tal vez su sueño es la vida misma, pero sin creer que la vida es sueño. No lo sabe, posiblemente él se indujo esta situación. Quizá sigue dormido, tal vez nunca despierte.

¿En qué parte del laberinto estaría la rata si estuviera despierta?

sábado, 1 de marzo de 2008

Comentario

Hoy no escribo poemas.
hoy hablo con la poca voz
que deja escuchar mi pensamiento


las razones de volar se han disipado
entre pan francés
y pétalos morados


Entre la incertidumbre de la insignia
y la pérdida del azar
yo me convoco al ruedo
yo te proyecto una vez más


Siguiendo nuestra estela,
ardiendo en fuego,
hundámonos de nuevo
que el suspiro se levanta
cada vez que nos juntamos:

vuela, rema, suena
tú eres polvo, yo soy agua
en la arena, construimos nuestro hogar

lunes, 18 de febrero de 2008

Olvidé mis llaves en tu cuarto


Podría permanecer toda la noche contemplando tu rostro
perdiéndome en cada uno de los lunares que tienes en la piel
quedarme mirando para siempre el cielo
contar una a una las hojas que caen en mis zapatos


y despertar,
para el día siguiente desayunar pan francés
y recoger pétalos morados,
de la mano


somos tú y yo recargados contra el sauce blanco
montando un elefante, quemándonos de frío
para ser los únicos capaces de bailar el vals
acostados en tu cama destendida,
sin tenernos qué parar, ni abrir la ventana
para morir aplastados, uno en uno,
con el bello y dulce peso de la caída del otro.