Postal Service
-No soy buena para hacer diálogos - dijo Daine.
-Nadie te lo está pidiendo - le respondió Jan.
Daine se le quedó viendo fijamente por un largo rato. Tenía que hacer algo con ese silencio incómodo que comenzaba a prolongarse y expandirse, nublándolos y arrinconándola a ella donde no sabía qué hacer para contrarrestarle. Desvió la mirada hacia otra parte, mientras él se limitaba a sonreír. Divididos entre silencios y miradas, pero tomados de la mano, y con el brazo de él rodeando la cintura de Daine, seguían bailando en el sótano.
"Piensa en algo para decir, un tema para hablar", se repetía Daine. Pero en lo único que podía pensar era en que de repente estaba bailando con un tipo que se había topado afuera de su casa, quien venía de España, y que realmente no sentia que tuviera que ver con ella en lo absoluto. El haberse conocido fue un error desde el principio, ya que las cartas de él se quedaron equivocadamente en el buzón de Daine, y ella tuvo que corregir esa falla, atribuible total y legítimamente al deficiente servicio postal. Osea que la conversación derivada a raíz de dicho evento malamente ejecutado fue por mera cortesía; en realidad ella no tenía interés en permitir que un foráneo español con nombre de checo/húngaro/austríaco bailara con ella.
Así que ahí estaba, permitiendo que Jan le tomara la cintura y se deslizacen lentamente de un lado a otro. Tal vez Daine había permitido que el error inicial de las cartas mal repartidas se extendiera demasiado lejos. Y ése era el error, que continuaba con un nuevo error cometido por ella.
Viéndose estancada en esta situación, Daine se encuentra bastante ansiosa por conseguir que el error pueda retomar un nuevo curso y se autocorrija. Para ello, necesita un tema de conversación lo suficientemente impactante o desagradable para que Jan sea tomado por sorpresa, le pueda soltar la mano, y dejen de bailar.
Podría mencionar los cientos de fotos que ella tomó cuando visitó un pueblo de esos que estaban en guerra. La gente destazada, las mujeres asesinadas a pedradas, los niños con los sesos de fuera, los brazos mutilados, las balas perdidas. Y si eso no le resultase a él suficientemente turbante, entonces podría añadir el éxtasis que ella sentía al tomar esas imágenes, porque sentía que los ojos de esa gente soltaban gritos más desesperados y aturdentes que cualquier sonido amplificable, con todo y los vicios de la tecnología. Se sentía conmovida al ver tanta sangre, se daba cuenta de lo efímera y tangible que puede ser la vida al mismo tiempo. Y además diría que amaba la fotografía porque sentía que podía recolectar el tiempo, las emociones y la vida misma, que tomaba fotos porque le asustaba el hecho que tal vez no podría conocer muchas cosas y que otras las podría olvidar. Así que también tomaba fotos para recuperar, según ella. Entonces le explicaría que ella lo tomaba como una inversión millonaria de tiempos y espacios, un fondo de ahorro, su propia colección de momentos, y que ahora que lo pensaba, ella nunca había fotografiado nada que tratase acerca del error, y que viéndolo a él en esos momentos, resultaba el ejemplo perfecto de uno de ellos. Le diría que le permitiera retratarle, y que la suya fuera la foto del error. Entonces Jan trastabillaría y soltaría cualquier excusa rebuscada para abandonar el sótano y marcharse, dejando a Daine parada en medio del piso, sola, con la cámara en mano.
Pero no, no es viable, se dice ella misma. Escupirle todo ese discurso improvisado sería, primero que nada, darle pie a uno de sus tantos soliloquios. Segundo, realizar una confesión de esas que no se le hacen a un extraño indeseable en forma de error. Y además, implicaría continuar con la cadena de equivocaciones causadas por culpa del servicio postal. Daine no sabía qué hacer. Realizar ese último escape estaba fuera de consideración. No hay otra salida, no hay nada que hacer. Inevitablemente, y con las canciones de bolero como fondo, Daine cierra los ojos y de súbito besa a Jan.
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martes, 1 de abril de 2008
martes, 4 de marzo de 2008
Untitled, part I

¿Dónde estás, pequeña hoja blanca?
Era un mensaje bastante peculiar, y era más extraño el haberlo recibido. Jan se quedó mirando fijamente la nota que sostenía en sus manos, como si intentara sacar el contexto y alguna información extra además de aquella pregunta inocentemente irrelevante.
E impropia. Él no era hoja, en todo caso convendría mejor ser un ojo blanco. ¿Hoja blanca?
Soñé contigo, y al otro día, moriste.
Tu rostro se hizo pedazos
y tu cuerpo destazado se esfumó ante mí.
Jan está sentado en la mesa más alejada, escondida en la esquina del café. Es cerca de mediodía, y la poca gente que pasa por la calle carga baguettes y comida para llevar a sus casas. La caminata ha sido larga, y la calle adoquinada está adornada de personas enfundadas en abrigos, portando bufandas para contrarrestar en viento agresivo que hace a los árboles doblarse de un lado a otro. Suponía que las condiciones climáticas eran atribuibles únicamente al hecho de que era febrero, y el clima impredecible hacía absurdo el saber con certitud si en una de esas valía más cargar el abrigo en la mano todo el día o llegar empapado a la casa. Mientras pensaba todo eso, observaba a las pocas mujeres que pasaban a esas horas, a través de la ventana del café. Y cuando las veía, siempre estaba pensando en Daine.
El único recuerdo latente de que Daine había estado de paso por su vida era el sombrero negro de bombín y la hoja en la que escribió un mensaje la primera noche que entró en el cuarto de Jan. Batalló mucho para poder enfrentar el hecho de que habían pasado más de tres meses, lo suficiente como para saber que no iba a regresar. Por lo mismo, se dedicó a recoger los discos, libros y demás objetos olvidados a propósito, o por error, y los guardó en la hielera que tenía en la alacena. En caso de que los reclamara, sería una especie de venganza el decirle que los buscara en la cocina que ella tanto odiaba. Y si no, daba lo mismo, pues él a menudo olvidaba la existencia de esa hielera vieja. La cocina había quedado establecida como el territorio más inhóspito durante el reinado de Daine. Detestaba con pasión inexplicable la cocina y todos sus aditivos, y jamás pudo concederle a Jan el deseo de prepararle ninguna especie de alimento decentemente comestible.
La conoció por error, durante una de sus erráticas visitas a playas olvidadas. Llegó huyendo del frío de Madrid, y terminó a final de cuentas refugiándose en Noruega. Pero no se congeló, porque mientras caminaba por una de las calles de ese pueblo, encontró a Daine dejando el correo afuera de su casa. Según como le había explicado, ella había entrado a su casa, regresó fuera para abrir el buzón y encontró dentro varios sobres. Entre ellos estaba uno que tenía remitente de España. Daine dio por hecho que la carta pertenecía a Jan, y por eso aprovechó para dejársela debajo de su puerta, justo en el exacto momento en el que Jan regresaba.
No había nada extraordinario en Daine. Al menos, nada a simple vista. A comparación de Jan, la muchacha poseía los rasgos más normales y la actitud más habitual de todas. Todo salvo su piel, color mazapán. Pero después de platicar con ella un rato, Jan se dio cuenta que no bastaba verla, sino que él debía conocerla. Resultó entonces que Daine había terminado en Noruega porque no había aprobado el pase a la universidad, había peleado con sus padres y lo único que le interesaba en la vida era fotografiar. Los dos eran como balsas que iban sin gobierno. Jan estaba en Noruega por aversión a Madrid, él tenía menos motivos para haber huido de su hogar. Y ahora que lo pensaba, en realidad ninguno de los dos tenía uno… se morían por renunciar constantemente a él. Así, Jan y Daine se marcharon una noche de verano cuando el pueblo entero se encontraba de fiesta. Para cuando los vecinos se percataron de su ausencia, los dos se hallaban a la deriva en un barco, en camino a ningún lado, después montados en caballo, trepados en avión. Recorrieron Noruega y otros países escandinavos, delimitaron toda la costa y se pararon en España. Pero ahora que estaban juntos, Jan supo que debían abandonar la hospitalidad madrileña. Y se fueron a París.
París es el consuelo de muchos de los desterrados y autoexiliados del mundo. En él, los dos encontraron su elemento y Daine retomó la fotografía. Pero olvidaron el hecho de que eran balsas a la deriva. Sus caminos se cruzaron por un rato, pero con el tiempo, comenzaron a divergir. Jan volvía al piso y se topaba con que Daine no estaba. No había comida, no había ropa limpia. El cuarto en el que revelaban las fotos estaba lleno de basura. Algo había en el ambiente que alteraba el humor de ella. Y él, contrariado, no encontraba la posible respuesta a tantos cambios de ánimo. Otros días abría la puerta de su cuarto y la encontraba tendida sobre el suelo, llorando desconsolada mientras le pedía perdón y le prometía hacer lo posible por lograr otorgarle amor eterno. Jan tenía que cargarla y llevarla a la cama, calentar una taza de café o preparar un té. Pero nunca podía aguantar sus ataques de cólera. Daine tumbaba todo, rompía los cristales del baño, golpeaba las puertas, le arrojaba zapatos. Terminaron por no reemplazar jamás los espejos de ningún cuarto, pues casi cada mes los tenían que cambiar.
Jan nunca entendió por qué cuando Daine estaba ebria, le juraba amor eterno. Desde un principio, fue ella misma quien le dijo que accedía marcharse con él, pero que nunca pensara que podría corresponderle si él considerase una relación sentimental. En ese momento, en Noruega, bajo un montón de suéteres y con la nieve cayendo en su cabeza, Jan tuvo que deshacerse de cualquier posibilidad proyectada de una vida enamorado de Daine.
El mesero le pregunta si quiere otra taza de café, a lo que Jan responde negativo con un leve movimiento de cabeza. Mira hacia la puerta y estruja entre sus manos la trémula nota de la pequeña hoja blanca.
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