Jun. 2nd, 2008 at 2:33 AM
Azul es el cielo, con las nubes paseándose lentamente sobre él. Se confunde con el mar, si no fuera por ellas, no distinguiría dónde comienza el aire azul y dónde su reflejo. Hacia el horizonte, todo azul.
Por un momento me pierdo entre el paisaje, y comienzo a visualizar tu rostro entre las piedras. Se ve como ceniza.
Y cierro los ojos, se va palidenciendo más tu recuerdo, el perfil de tu sonrisa.
Y cierro los ojos, te pierdo entre las rocas, y la ceniza se vuelve mi azul.
Te des-cribo.
Por alguna extraña razón, te pierdo.
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lunes, 16 de junio de 2008
domingo, 4 de mayo de 2008
Gravity won't get you high
So you were downstairs, trying to clean the table
and you found the white dust in the kitchen
It was only milk for the baby, dear
You were sober and you ain't mad
gravity won't get you high
Era una canción gris y malvada para un cielo colmado de nubes color hueso. Violeta tenía frío. No se había bañado ni tampoco había tenido la decencia de quitarse la ropa que traía desde el día anterior. La botella de vodka frente a ella, e inmediatamente a lado, estaba Andrea.
Mario estaba tumbado en el sillón, refunfuñando para sí mismo. Que si tenía trabajo de más en la oficina, que si los papeles del registro. Violeta lo mira y sonríe lacónicamente mientras acerca otro vaso a sus labios. No puede ser que él se esté convirtiendo en un señor. Llega demacrado del trabajo, se levanta enojado porque habrá tráfico. Le reclama a la radio por anunciarle desgracias como el que los intereses hayan subido en un 7% y que la bolsa haya caído 2 puntos. Si seguía así, lo más seguro es que ella terminara sacándolo de la casa. Para economistas, podía ir a vivir con los vecinos.
Andrea era la hermana menor de Alejandro, el que se murió al caerle una piedra en la cabeza mientras hacía una excursión de montaña. Violeta lo conocía porque estuvieron coincidiendo durante varias ocasiones en el metro. Luego a Violeta se le cayó un paquete de libretas y Alejandro, todo un intento de educación, le ayudó a recogerlas. Violeta no podía sino responder a ese gesto invitándolo a cenar en su piso.
Resultó que Alejandro era de esos licenciados normales que toda la gente conoce, pero tenía ese complejo de boy scout. En realidad ganaba más dinero de guía en los recorridos a la montaña que siendo asistente ejecutivo del vicepresidente del departamento de relaciones públicas. Lo que sí le asqueaba era que la mayoría de las veces lo contrataban mujeres cuarentonas que querían "un deporte más extremo". Pero con tal de que le pagaran, pues iba.
Eso le contó a Violeta, pero ella pensaba que en cierto modo se sentía orgulloso, y su ego se revitalizaba, cada vez que decía "soy guía de mujeres cuarentonas".
Dejando de lado su lado terriblemente egocentrista (pero bueno, quién no lo era entonces), Alejandro era agradable. No contaba las mismas pavadas que la mayoría de los hombres intentan decir cuando les gusta alguien. Nada de cumplidos idiotas ni sonrisas ensayadas. Tal vez por eso Violeta se sentía cómoda cuando lo veía. Sabía que nunca podría trascender más allá de las visitas esporádicas, pero no le interesaba. Por él comenzó a coleccionar fotografías de montañas, que aún seguían colgando en una de sus paredes del estudio. Adquirió el hábito de comer zanahorias y usar ropa holgada. (Alejandro le retó a que comiera zanahorias y comprobara si era verdad o no que la piel se coloraba más naranja, y también le decía que le gustaba ver sus bracitos flacos colgando de blusas guangas.)
La verdad es que Alejandro murió en el accidente y Violeta no se volvió ni un poquito más naranja, pero las siguió comiendo de todos modos. Las blusas aguadas fueron remitidas a lo más profundo de su closet después del funeral, pues ya no tenían nadie más a quien agradar.
En ocasiones, antes de dormir, o cuando el día está inusualmente despejado y las montañas le roban una mirada, Violeta se queda contemplando los riscos y se pregunta exactamente el cómo habrá muerto Alejandro. Sí, una piedra grande le golpeó la cabeza. Sí, la piedra estaba floja y el estaba escalando. Pero, ¿le pegó en la ceja, en el cráneo, la frente? ¿Se desangró consciente o ni siquiera sintió que estaba muriendo? Se lo imagina cayendo de bruces, con las dos manos estrechadas contra la cabeza, los ojos medio cerrados, y corriendo entre las plantas y perdiendo el sentido de ubicación de vez en cuando hasta, cuando las rodillas le flaquean, se dobla contra el piso, se traga uno de esos gritos de dolor punzante por la herida en la frente, y se queda boca arriba con los brazos doblados, luego extendidos, llorando de dolor hasta que las lágrimas le nublan la vista y él se queda dormido hasta que finalmente puede morir.
La gravedad. Por culpa de una piedra, lo que puede suceder.
and you found the white dust in the kitchen
It was only milk for the baby, dear
You were sober and you ain't mad
gravity won't get you high
Era una canción gris y malvada para un cielo colmado de nubes color hueso. Violeta tenía frío. No se había bañado ni tampoco había tenido la decencia de quitarse la ropa que traía desde el día anterior. La botella de vodka frente a ella, e inmediatamente a lado, estaba Andrea.
Mario estaba tumbado en el sillón, refunfuñando para sí mismo. Que si tenía trabajo de más en la oficina, que si los papeles del registro. Violeta lo mira y sonríe lacónicamente mientras acerca otro vaso a sus labios. No puede ser que él se esté convirtiendo en un señor. Llega demacrado del trabajo, se levanta enojado porque habrá tráfico. Le reclama a la radio por anunciarle desgracias como el que los intereses hayan subido en un 7% y que la bolsa haya caído 2 puntos. Si seguía así, lo más seguro es que ella terminara sacándolo de la casa. Para economistas, podía ir a vivir con los vecinos.
Andrea era la hermana menor de Alejandro, el que se murió al caerle una piedra en la cabeza mientras hacía una excursión de montaña. Violeta lo conocía porque estuvieron coincidiendo durante varias ocasiones en el metro. Luego a Violeta se le cayó un paquete de libretas y Alejandro, todo un intento de educación, le ayudó a recogerlas. Violeta no podía sino responder a ese gesto invitándolo a cenar en su piso.
Resultó que Alejandro era de esos licenciados normales que toda la gente conoce, pero tenía ese complejo de boy scout. En realidad ganaba más dinero de guía en los recorridos a la montaña que siendo asistente ejecutivo del vicepresidente del departamento de relaciones públicas. Lo que sí le asqueaba era que la mayoría de las veces lo contrataban mujeres cuarentonas que querían "un deporte más extremo". Pero con tal de que le pagaran, pues iba.
Eso le contó a Violeta, pero ella pensaba que en cierto modo se sentía orgulloso, y su ego se revitalizaba, cada vez que decía "soy guía de mujeres cuarentonas".
Dejando de lado su lado terriblemente egocentrista (pero bueno, quién no lo era entonces), Alejandro era agradable. No contaba las mismas pavadas que la mayoría de los hombres intentan decir cuando les gusta alguien. Nada de cumplidos idiotas ni sonrisas ensayadas. Tal vez por eso Violeta se sentía cómoda cuando lo veía. Sabía que nunca podría trascender más allá de las visitas esporádicas, pero no le interesaba. Por él comenzó a coleccionar fotografías de montañas, que aún seguían colgando en una de sus paredes del estudio. Adquirió el hábito de comer zanahorias y usar ropa holgada. (Alejandro le retó a que comiera zanahorias y comprobara si era verdad o no que la piel se coloraba más naranja, y también le decía que le gustaba ver sus bracitos flacos colgando de blusas guangas.)
La verdad es que Alejandro murió en el accidente y Violeta no se volvió ni un poquito más naranja, pero las siguió comiendo de todos modos. Las blusas aguadas fueron remitidas a lo más profundo de su closet después del funeral, pues ya no tenían nadie más a quien agradar.
En ocasiones, antes de dormir, o cuando el día está inusualmente despejado y las montañas le roban una mirada, Violeta se queda contemplando los riscos y se pregunta exactamente el cómo habrá muerto Alejandro. Sí, una piedra grande le golpeó la cabeza. Sí, la piedra estaba floja y el estaba escalando. Pero, ¿le pegó en la ceja, en el cráneo, la frente? ¿Se desangró consciente o ni siquiera sintió que estaba muriendo? Se lo imagina cayendo de bruces, con las dos manos estrechadas contra la cabeza, los ojos medio cerrados, y corriendo entre las plantas y perdiendo el sentido de ubicación de vez en cuando hasta, cuando las rodillas le flaquean, se dobla contra el piso, se traga uno de esos gritos de dolor punzante por la herida en la frente, y se queda boca arriba con los brazos doblados, luego extendidos, llorando de dolor hasta que las lágrimas le nublan la vista y él se queda dormido hasta que finalmente puede morir.
La gravedad. Por culpa de una piedra, lo que puede suceder.
Violet Hill
I took my love down to Violet Hill
There we sat in snow
All that time she was silent still
Violeta miraba las gotas que caían del encino mientras Mario se vestía. Recostada en la cama, pensaba en la película que vieron la última vez que fueron al cine. La actriz fue asesinada, brillantemente asesinada. La declararon enferma, y los perros le comieron ls piernas. Violeta recuerda también que Mario intentaba besarla, pero ella desistía. Dócilmente intentaba rozar sus labios, alcanzar su boca, hasta que se desesperó y con una fuerza maldita la tomó de la mandíbula con su mano derecha y le hizo voltear a mirarlo. Nunca a nadie le había dado un beso a regañadientes. Fue un beso grosero, con sabor a palomita. Un beso corrioso y urgido, que gritaba la furia contenida de Mario por ser desdeñado.
No la quería, no la quería. Pero cómo deseaba tocar su cara, besar su cuello, tomar su mano. Y Violeta permanecía quieta, respondía a los besos, aceptaba su mano. Pero nunca suspiraba, ni lo miraba. No le hablaba. Violeta-Pérfida era como una de esas sombras rebeldes, que en lugar de seguir a su dueño, caminaban a su lado como queriendo escapar de él.
domingo, 27 de abril de 2008
Hematomas
Hematoma:
Sangre coagulada que se mezcla con estiércol en mi almohada
en mi cara y en tu cama, en la líbido del día
y la inocencia de una madrugada sin sabor
de una mañana sin frío
Hematoma:
La palabra masticada que describe mis rodillas y nudillos
la pasión y la furia reprimida que se extiende por el cuerpo
al no poder romper la piel.
Hematoma: un beso frustrado
con tinta roja
que sabe a sangre
II
Quisiera trascendcer la materia cotidiana
del sombrero, el apretón de manos y la sonrisa tonta
toma un morétón
toma el golpe, el beso
la herida
(soy yo, en la tierra)
yo soy un hematoma enterrado en tu boca,
sangre que se mezcla con tu risa
Sangre coagulada que se mezcla con estiércol en mi almohada
en mi cara y en tu cama, en la líbido del día
y la inocencia de una madrugada sin sabor
de una mañana sin frío
Hematoma:
La palabra masticada que describe mis rodillas y nudillos
la pasión y la furia reprimida que se extiende por el cuerpo
al no poder romper la piel.
Hematoma: un beso frustrado
con tinta roja
que sabe a sangre
II
Quisiera trascendcer la materia cotidiana
del sombrero, el apretón de manos y la sonrisa tonta
toma un morétón
toma el golpe, el beso
la herida
(soy yo, en la tierra)
yo soy un hematoma enterrado en tu boca,
sangre que se mezcla con tu risa
domingo, 20 de abril de 2008
Nothing Better
extraño cuando escribías, y tomabas vodka
al tiempo que me acariciabas la cabeza
si pudiera, volvería a tirarme en el piso de tu cuarto
me quedaría dormida
porque nunca hubo nada mejor que abrir los ojos y verte
sosteniendo la botella contra tu pecho, delirando
con todos los cuadernos tirados a tu lado
y la lámpara prendida
¿no sería lo mejor, el volvernos a rentar un cuarto de motel
de vez en cuando?
yo durmiendo, tú escribiendo
yo soy polvo, eres viento
y al final
nos largamos sin pagar
al tiempo que me acariciabas la cabeza
si pudiera, volvería a tirarme en el piso de tu cuarto
me quedaría dormida
porque nunca hubo nada mejor que abrir los ojos y verte
sosteniendo la botella contra tu pecho, delirando
con todos los cuadernos tirados a tu lado
y la lámpara prendida
¿no sería lo mejor, el volvernos a rentar un cuarto de motel
de vez en cuando?
yo durmiendo, tú escribiendo
yo soy polvo, eres viento
y al final
nos largamos sin pagar
viernes, 11 de abril de 2008
Huesos desviados
Lo incómodo del cabello corto, tal como lo traía Violeta, es que cuando le daba calor, no le alcanzaba el largo para hacerse un chongo. Así que mientras esperaba al camión, no le quedaba más que morir horneada por su propio pelo, y con los hombros quemándosele por el sol que caía directamente sobre sus hombros y la espalda otrora tapada por esa espesa cortina de hebras teñidas de algún color extravagante.
Iba pensando en lo que habría de contestar al gerente con el que se entrevistaría para el trabajo:
Sí, mire señor. Yo quiero que me pague. No me interesa crecer en el ámbito laboral ni conseguir oportunidades. Lo que yo quiero es que me retribuyan mis levantadas a las 4 de la mañana para checar mi tarjeta temprano y coordinar papelitos cada vez que a usted se le hinche. Le puedo redactar lo que quiera, no me interesa mucho qué sea con tal de que cada quincena yo pueda obtener regalías, ingresos, bah, como le llame. Por mí está bien, pero pague.
No eso no era muy alentador. Al menos, no para el gerente.
Pues sí señor, la verdad no me gusta que me hagan preguntas de este estilo, porque yo no sé quién soy. Si me pidiera describirme, no podría asegurarle "soy responsable", porque a veces soy bien mediocre, o que "soy respetuosa", porque casi siempre me tiene sin cuidado el limitar mis palabras porque puedan ofender a alguien.
No hace falta decir que de los pocos talentos que poseo, ninguno le atraería. No creo que le interese saber que no me gusta el baile, que es una ironía que escuche a Serrat y lea a Sabina, porque no soporto su voz ronza, y sin embargo me derrite su poesía ácida y ocurrente. Siento que usted me inspira poca confianza, y mire, aquí me tiene soltándole una sarta de confesiones atípicas.
No, eso tampoco. Ni que el gerente fuera terapeuta. Lo último que necesitaba era trabajar en un departamento de psicología.
El camión se detuvo frente a ella con un chirrido espantoso. Lo abordó, pagó al chofer (gracias, el bato no traía cambio), y se sentó en los asientos de enmedio, al lado de la ventana. A ver, repasemos otras posibles respuestas para la entrevista.
¿Qué edad tiene?
Cuarenta y cuatro, respondería ella, inmutable, como si fuera una verdad indiscutible.
¿Algún padecimiento que usted sufra? Alergias, reacciones, enfermedades crónicas...
Pues creo que ninguna, salvo alergia al chocolate, y tengo todos los huesos desviados.
Posiblemente, si contestaba así el gerente la iba a mandar sacar de la oficina. Violeta tuvo que resignarse a formular respuestas convencionales, en las que ensayaba su ego y trataba de parecer inofensiva, y con suerte no tener que explicar que la razón de sus ojos lilas es porque era albina.
Iba pensando en lo que habría de contestar al gerente con el que se entrevistaría para el trabajo:
Sí, mire señor. Yo quiero que me pague. No me interesa crecer en el ámbito laboral ni conseguir oportunidades. Lo que yo quiero es que me retribuyan mis levantadas a las 4 de la mañana para checar mi tarjeta temprano y coordinar papelitos cada vez que a usted se le hinche. Le puedo redactar lo que quiera, no me interesa mucho qué sea con tal de que cada quincena yo pueda obtener regalías, ingresos, bah, como le llame. Por mí está bien, pero pague.
No eso no era muy alentador. Al menos, no para el gerente.
Pues sí señor, la verdad no me gusta que me hagan preguntas de este estilo, porque yo no sé quién soy. Si me pidiera describirme, no podría asegurarle "soy responsable", porque a veces soy bien mediocre, o que "soy respetuosa", porque casi siempre me tiene sin cuidado el limitar mis palabras porque puedan ofender a alguien.
No hace falta decir que de los pocos talentos que poseo, ninguno le atraería. No creo que le interese saber que no me gusta el baile, que es una ironía que escuche a Serrat y lea a Sabina, porque no soporto su voz ronza, y sin embargo me derrite su poesía ácida y ocurrente. Siento que usted me inspira poca confianza, y mire, aquí me tiene soltándole una sarta de confesiones atípicas.
No, eso tampoco. Ni que el gerente fuera terapeuta. Lo último que necesitaba era trabajar en un departamento de psicología.
El camión se detuvo frente a ella con un chirrido espantoso. Lo abordó, pagó al chofer (gracias, el bato no traía cambio), y se sentó en los asientos de enmedio, al lado de la ventana. A ver, repasemos otras posibles respuestas para la entrevista.
¿Qué edad tiene?
Cuarenta y cuatro, respondería ella, inmutable, como si fuera una verdad indiscutible.
¿Algún padecimiento que usted sufra? Alergias, reacciones, enfermedades crónicas...
Pues creo que ninguna, salvo alergia al chocolate, y tengo todos los huesos desviados.
Posiblemente, si contestaba así el gerente la iba a mandar sacar de la oficina. Violeta tuvo que resignarse a formular respuestas convencionales, en las que ensayaba su ego y trataba de parecer inofensiva, y con suerte no tener que explicar que la razón de sus ojos lilas es porque era albina.
Hola Juan
Se sentía muy feo, tener que abandonar su casa...
Tuvo el impulso de cortarse el cabello. Inexplicable. Corrió a donde el peluquero. No esperaba que la cuestionaran. Se remitía a darle órdenes a la muchacha que la atendía:
"Córtalo arriba de los hombros, a ras del cuello"
"No, el fleco más corto"
"Poquito más arriba de la ceja"
"En zig-zag"
El mar de cabello que yacía circundando la silla era grueso y pesado, como la paja. Se miró al espejo cuando le quitaron la bata, y vio que su cara se veía despejada, abandonada sin esos largos hilos; naturaleza muerta que otrora colgaban y le acariciaban las mejillas y el cuello, los hombros, la espalda. Y pensó que era triste que el cabello no sangrara, y que las uñas tampoco. A final de cuentas, eran las partes que resultaban mayormente mutiladas, de todo el cuerpo. Mínimo deberían llorar, como ella lloró la vez que la asaltaron en la plaza.
Falta algo más, se dijo para sí. Los cabellos no sangran. No pueden ser rojos. Saliendo de aquí voy a ir a ver a Juan.
Pagó al peluquero, salió. Subió al carro y se dio cuenta que en realidad no quería llegar a su casa. Luego entendió que tampoco le interesaba mucho ver a Juan.
Hematomas largos, blancos y morados
arcoiris negros, ojos de azul violenta
a mitad de la calle te puedo desnudar
Apagó el radio, a pesar de que esa canción le gustaba demasiado. Era muy típico de ella, altibajos, contradicciones contínuas. Alguna vez escuchó el nombre de ese desorden, pero como le asqueaba la psicología, lo había olvidado. Lo siento, Benoît, pero a mí no me complace el delirio de grandeza que tú tienes, cuando crees que puedes saberlo todo sobre mí. Si querés saber algo de mi vida, nena, le dijo una vez un artista perdido en arrabales, echá un vistazo a mis pinturas, mirá lo que describo en mi dibujo. Ése soy yo, lo que pasa es que estoy muy escondido. Debés buscar denso.
Denso, como una herida profunda, difícil de borrar porque el recuerdo sigue persistente. A él nunca lo iba a olvidar.
Basta, decidió que no podría sobrevivir el tráfico endemoniado de la calle si no ponía de nuevo una canción. Gracias al señor DiosTodoPoderosoSeñorAntiDiluvios, AmantedetodosloshombresporqueAmorOmniaVincit, y a la máquina de sincronización aleatoria que usan las cadenas de radio que ya no se toman la molestia de contratar locutores, la canción del Hematoma seguía escuchándose. Todos los días la escuchaba: en las mañanas, saliendo de la escuela, cuando iba a dejar a su hermana al hospital, mientras esperaba a Benoît en su casa. Quería ser un moretón permanente en la piel de las personas. Quería que nunca la olvidaran, le tenía un miedo indiscutible a la tormentosa soledad.
Media hora después, con el brazo izquierdo bronceado por el sol de mediodía (era el que siempre sacaba por la ventana) mientras conducía, estacionó el carro en frente del parque. Subió las escaleras con desgano, e inmediatamente después de tocar el timbre, desvió la mirada lejos de la puerta. Podría contemplar cualquier cosa, el cerro, la calle, la pared rugosa, con tal de no mirar quién le iba a abrir la puerta.
Se oye el chasquido de un pestillo. El pomo de la puerta chilla cuando gira. El aire del vacío se comprime, se hace para atrás para dejar que la puerta se mueva.
"¿Violeta?"
Ah, perfecto. Sí estaba en su casa. Se dió la media vuelta y con una mueca en forma de sonrisa, dijo inocentemente,
"Hola Juan."
jueves, 10 de abril de 2008
estupideces
Silencio antes de nacer, silencio después de morir:
La vida es puro ruido entre dos insondables silencios.
I.A.
J'ai pas besoin d'écrire
car il y a des fois
quand je perds complètement
la joie de prendre papier et mots
et les dessiner, avec ma main
J'ai pas besoin de créer nouveaux mondes
j'ai pas des idées inexistantes
je ne suis qu'autre fille perdu
qui s'entretiens
et cherche une excuse gonflant
pour laisser son désir mort,
sur son lit
---
Y uno aprende
Jorge Luis Borges
Después de un tiempo,uno aprende la sutil diferencia
entre sostener una mano
y encadenar un alma.
Y uno aprende
que el amor no significa acostarse
y una compañía no significa seguridad.
Y uno empieza a aprender...
Que los besos no son contratos
y los regalos no son promesas.
Y uno empieza a aceptar sus derrotas
con la cabeza alta y los ojos abiertos.
Y uno aprende a construir
todos sus caminos en el hoy,
porque el terreno de mañana
es demasiado inseguro para planes...
Y los futuros tienen una forma de caerse en la mitad.
Y después de un tiempo
uno aprende que si es demasiado,
hasta el calorcito del sol quema.
Así es que uno planta su propio jardín
y decora su propia alma,
en lugar de esperar a que alguien le traiga flores.
Y uno aprende que realmente puede aguantar,
que uno realmente es fuerte,
que uno realmente vale,
uno aprende y aprende...
Y con cada día uno aprende...
viernes, 4 de abril de 2008
Hematomas
Hace tiempo, pasaba por la mueblería,
y decidió entrar, de una vez por todas,
a elegir el sillón sobre el que habría de morir.
Ninguno le gustó.
y decidió entrar, de una vez por todas,
a elegir el sillón sobre el que habría de morir.
Ninguno le gustó.
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